Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba más pronto que la vista. Estas fueron sus propias palabras.
Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar. No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin, sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante repitió su fiera sentencia, diciendo:
—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz.
Despreciando su barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas esperanzas con estas palabras:
—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él.
—¿Quién es el jefe?
—Don Saturnino Albuín —me contestó.
Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona al célebre Manco, y recordé que, aunque muy bruto, hacía alarde de generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le presentaban. No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé de que don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino, a la salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían dos lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón.
El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso.
—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual se oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán empujé la puerta y entré.