Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la puerta, y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera por mi brusca entrada. Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos sobre ella, encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que alumbraba la estancia.
—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con gesto de impaciencia su única mano.
No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando observé que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en un sillón, con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la cabeza sobre el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del guerrillero cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos ejércitos. Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua: no pude pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, ni gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis angustias de aquella noche.
Aquel hombre era mi marido.
—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el Manco.
Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la palabra vana que se lleva el viento.
—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el guerrillero.
—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación.
Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. No veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía bastante apresurada para llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi coche.
A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente: