—¡La mujer loca, la mujer loca!
Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido venía corriendo detrás de mí.
Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al cochero para que despertase, grité:
—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible pueblo.
Y me metí en el coche.
—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la pereza.
—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de aquí.
—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo?
—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí.
Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a Tremp, pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. Entonces los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez, arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era: