—¡La mujer loca, la mujer loca!
En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado mi corazón chorreando sangre. Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza de mal agüero donde caí para siempre, cuando más orgullosa marchaba. Fuiste el tajo donde el cielo puso mi cabeza para asegurar el golpe de su cuchilla; pero con ser obra del cielo mi castigo, ¡te odio, execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro de mi edad feliz, no puedo verte sin espanto, y mientras tenga lengua, te maldeciré!
V
El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo! Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un hombre.
Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me dijo sonriendo:
—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la Regencia.
Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba estercolarse para ser fecundada.
De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14.
Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al monarca, restituyéndole a la plenitud de sus derechos, según decíamos entonces. Levantose en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un sacristán, vestido de rey de armas, gritó: «¡España por Fernando VII!», y luego dieron al viento una bandera, en la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: por este signo vencerás. Los altos castillos que coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla.
Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.