Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidos con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la bulla del pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza me salvó.

Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.

Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.

—¿Vivo? —pregunté.

—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero le daban comida y bebida para que no acabase de padecer.

No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡los liberales!, ¡que vienen los liberales!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante dinero, pude escapar a Francia por Canfranc.

Nota del autor. Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas memorias.

Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 22, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma.

VI

La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento, los siete ministros, a quienes la corte llamaba los Siete niños de Écija, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de hacer tabla rasa de las provincias rebeldes, no pudieron ser más acertados.