—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada.
—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer voluntariosa.
—También es cierto.
—Declare usted que ama a otro.
—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera, con todas lo diría.
El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos dicen, foudroyé. Durante breve rato no me dijo nada; pero yo comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido siempre!
—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre...
—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted —dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun para que me eche en cara mi ligereza.
—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es más curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener miles de ojos para sondear las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es?
—Un hombre.