—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que sé emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo, buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un servicio, economizando las preguntas.

—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad.

—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho yo sola podría darlo, y yo lo niego.

—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—, he padecido una equivocación.

—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más completa.

Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor mezclado con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la última. Yo corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi lado.

—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que usted mi estimación, lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el corazón.

— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de aquí en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua.

—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en bronce. La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a ser creída?

—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido leal.