—Aborrézcale usted.
—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa.
—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese hombre...?
—¿Pero hay más preguntas todavía?
—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro.
—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa, deteniéndole—. Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece alguna recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener franqueza, deje usted de tener generosidad?
—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre responde, aun cuando la hieran con un puñal.
—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para que la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted sea siempre un caballero y yo una miserable, págueme usted como pagan en todas ocasiones las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese usted bien conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto que manda volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me abatiré yo más a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa también, y usted tendrá en su vida una página más gloriosa que la victoria que acaba de alcanzar frente al enemigo.
—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de mi nombre.
—¡Caballero leal antes, ahora y siempre!