—Bien, señora —dijo levantándose y alargándome la mano, que estreché cordialmente—. Lo que usted desea de mí es bastante claro.

—Sí.

—Y yo —añadió con manifiesta emoción— empeño mi palabra de honor...

—¡Oh! Lo esperaba, lo esperaba.

—Bajo mi palabra de honor, haré cuanto esté en mi mano para devolver a usted la felicidad, entregándole a su amante.

—Gracias, gracias —exclamé derramando lágrimas de admiración y agradecimiento.

Saludándome ceremoniosamente, el conde se retiró. De buena gana le habría dado un abrazo.

XXXV

¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como si de la duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y franceses era opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que Cádiz expiraba, que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo, aún resistía el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida que no quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia. Esta constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara en causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina. Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros.

Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz.