Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes y diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban los cañones para que hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían furiosa, porque no se decidía la suerte de los infelices prisioneros del Trocadero, que habían sido repartidos entre los Dominicos del Puerto y la Cartuja de Jerez.
Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente.
—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a recibir los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero se ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño en conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras sueltas cuyo sentido no pude comprender.
—¿Y no desea verme?
—Parece que lo desea ardientemente.
—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo?
—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para conseguir por ella el destierro.
—¡El destierro!
—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le consuela.
—Le conozco, sí... Esa idea es suya.