Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba a los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera en beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas! Mientras viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y humanitario.
Interrumpidos los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo la palabra el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro brioso asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de armas Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas a la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército francés.
Por fin llegaba el anhelado día.
—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros serán puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro! Comeremos los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas miradas, libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde ni aun los corazones pueden latir en paz.
Montguyon me trajo el 29 malas noticias.
—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de guerra. Pero...
—¿Pero qué?
—Ha dispuesto que sean entregados a las autoridades españolas los individuos que en Cádiz desempeñaban comisiones políticas.
—¿Él está comprendido?
—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias. Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava; había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad.