—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder contener mi indignación.

Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias.

—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted?

—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero, y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición.

Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa, me dijo al despedirse:

—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo.

A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno es tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes antipatías, y tomando un coche me encaminé al Puerto de Santa María. Era el 1.º de octubre, día solemne en los fastos españoles.

Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como todo aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra lo que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola palabra acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a estas pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los negocios públicos de ambos mundos.

—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días felices de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre mártir de los excesos revolucionarios, es ya libre.

—¿Ya?