—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene malas moscas.

—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la venturosa era que empieza hoy.

—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le han ofendido. ¡Cuánta magnanimidad! ¡Cuánta nobleza!

—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo que promete, será grande entre todos los reyes de España.

—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá.

Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di crédito a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de Angulema.

Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo que accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido colocada por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo, presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos, uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso siglo presente.

¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle. En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes.

Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas, allá lejos, sobre la gloriosa peña inundada de luz y ceñida por coronas de blancas olas, los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin ilusiones, los desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando hospitalidad en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de la patria a quien no habían podido convencer.

Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle, y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad es que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy vieja, y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de parecer.