Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo me volvieron loca. Los franceses gritaban, los españoles gritaban también, celebrando la feliz resurrección de la monarquía tradicional y la miserable muerte del impío constitucionalismo. El glorioso imperio de las caenas había empezado. Ya se podía decir con toda el alma: «¡Viva el rey absoluto! ¡Muera la nación!»
XXXVI
Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya sentencia no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el día 2 hice diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni a Montguyon, a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna noticia pude adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera repetido el ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento de mi mayor desesperación no apareciese mi generoso galán francés a devolverme la vida. Estaba pálido y parecía muy agitado.
—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla más pronto.
—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso.
—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente.
Se la di y la besó con amor.
—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está cumplido, y mi deber es perdonar, pagando las ofensas con beneficios.
Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada.
—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo. Señor conde, mi gratitud será eterna.