—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento que no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y constante.
—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé derramando lágrimas.
—Todo está hecho.
—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos conocimos!
—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la corbeta Tisbe, que parte esta tarde para Gibraltar.
—¿Y cómo?
—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón inglés.
—¡Oh, gracias, gracias!
—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de España.
—¿Pues qué —pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su manifiesto de Cádiz perdonar a todo el mundo?