—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio. Innumerables personas han sido condenadas a muerte.

—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?...

—En salvo.

—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!, no extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.»

—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto.

—¿Cómo?

—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona.

—¿De modo que yo...?

—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la Tisbe.

—¿Es verdad lo que oigo?