—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado con las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente condenados a muerte por el rey.
—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable conducta!
Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con mis lágrimas bañé las generosas manos de aquel hombre.
—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres y media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que me han facilitado dos guardias marinas, parientes míos.
Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a las tres y media. Era la una.
Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo.
La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!, una idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre huérfana viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo y atrevido vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los rencores huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y expansivos, los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer.
«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh! ¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena... Esta tarde, cuando le vea, le pediré perdón por lo que hice con su hermana... ¡Oh!, ahora me acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a ponerme furiosa... No, eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá que darme cuenta de su vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es tan dulce perdonar!... Bendito sea Dios que nos hace felices para que seamos buenos.»
Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el arreglo de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también de cucú, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el pájaro de Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto regocijaban mi espíritu.
Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado yo la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres, dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre.