Aquel hombre me dijo groseramente:

—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa.

En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé:

—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién?

—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro universal de Su Majestad.

—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité.

Yo no era una mujer, era una leona.

Al ver que se me acercaron dos soldados y asieron mis brazos con sus manos de hierro, corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en cobarde fuga: buscaba un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera... Comprendía el asesinato. Mi furor no tenía comparación con ningún furor de hombre. Era furor de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador, si la encontrara, aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los cuatro! Un candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza de uno de ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre!

Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis dedos teñidos de sangre sacarle los ojos.

No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra los míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro.