—¿En dónde están?

—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les veremos tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos cómo se llama usted y quién es.

El cautivo hacía esfuerzos para recordar.

—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con extraviados ojos.

—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como empieza.

—¿Y en qué mes?

—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en conserva.

—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y algunos días.

—Pues no es mucho: otros han estado más. No le habrán tratado a usted muy bien, eso es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado.

—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima que no sea Benabarre!