—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con el desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.

—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de Masbrú aquí.

—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces.

—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.

Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del brigadier, que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban a San Llorens, y entonces dijo:

—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el monte.

El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían a pedazos.

Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque le era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de aliento como el primer día.

—¿Qué ha pasado en todo este tiempo? —preguntó con voz temblorosa al que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue reinando Fernando VII?

—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos está embromando y nos embromará por mucho tiempo.