—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.

—Entonces tenía yo mucha fe.

—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad.

—¡Con qué afán trabajábamos!

—Sí, ¡con qué afán!

—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.

—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos hallamos juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.

—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.

—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a parar aquellas detestables misas masónicas.

—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la Viuda.