—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas vencen, no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para que no nos exterminen.

—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos, un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino, cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., pim, pam..., se les despacha en un santiamén, y a otra.

—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí asoman son los prisioneros de San Llorens.

En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un grupo de personas, custodiado por la tropa.

—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...

—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura para atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja saliva e inmundicia, sin sentir, más tarde o más temprano, la mano justiciera que baja del cielo.

Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre, anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los que le amaban.

—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi desaparición habrán muerto?

—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me ha parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años tuve relaciones.

—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy. Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.