—Sí que lo es.
—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted, y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres notas.
—¿Qué notas?
—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las del alma: Rusia, Prusia y Austria.
—¿Y qué pedían?
—No puedo decírselo a usted claramente, porque los embajadores no me las han leído; pero sí sé que la contestación del gobierno español ha sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor.
—Es decir, que desafía a Europa.
—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la Independencia; pero yo digo como Cervantes, que nunca segundas partes fueron buenas.
—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?
—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van a dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más que mueras a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a Francia y a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: «dejadles que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos. Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con las manos en los bolsillos.