—¡Pipaón!
Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19, los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo hasta que vio aparecer la figura, por demás simpática, de su antiguo camarada; y no pudiendo contener la alegría, le llamó, y después de estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que logra salvarse, le dijo:
—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.
Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de su familia.
Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su habitual ligereza de lenguaje:
—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende. ¡No saber de ti en tanto tiempo...!
—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?
—Hace algunos días que falto de Madrid y no puedo contestarte —dijo Bragas mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala noticia, no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son ciertamente garantías de larga vida para ella.
—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas algo; tú, por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre?
—No puedo afirmar que sí ni que no.