—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras —manifestó Salvador ansioso.
—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?
—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.
—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar con rodeos y palabrillas?
—Es verdad.
—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta tristísima nueva!
—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su rostro entre las temblorosas manos.
—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.
—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado de dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!
Durante largo rato lloró amargamente.