—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.

—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera pasada, y volver locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has turbado al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar de la facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel hiblea.

Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:

—¿Conque ha estado aquí hace poco?

—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas ahora.

Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni dijo nada sobre aquel amoroso tema.

—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.

—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país dominado por los arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me dijo una vez que prefería morir.

—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?

—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a recibir alguna mala noticia.