Mucho me holgué de esto, y dispúseme a asistir a tan brillante ceremonia, en la cual debía leer su discurso el rey Luis XVIII, y presentarse de corte todos los grandes dignatarios de aquella fastuosa monarquía. Confieso que jamás he visto ceremonia que más me impresionase. ¡Qué solemnidad, qué grandeza y lujo! El puesto en que me colocaron los ujieres no era el más cómodo; pero vi perfectamente todo, y la admiración y arrobamiento de mi espíritu no me permitían atender a las molestias.
La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva. Aclamáronle ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en realidad inspiraba entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos reyes han existido más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis XVIII tomó asiento en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo carmesí. Los altos dignatarios se colocaron en pie en los escaños alfombrados. No se verá en parte alguna nada más grave ni más imponente y suntuoso.
Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, qué acento tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas exclamaciones. Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron profundamente en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado retirar mi embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de mi familia, por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, están a punto de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de España a un descendiente de Enrique IV, para librar a aquel hermoso reino de su ruina y reconciliarlo con Europa.»
Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba a todos los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque española, comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que dije para mí pensando en mis paisanos:
—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos.
Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero acento y entre atronadores aplausos aquello de Somos franceses, señores, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí:
«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. Españoles somos, señores.»
Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu. Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía pena.
«Allá —pensé— tenemos demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey para las Cortes.»
El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand para recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos: por mi comisión, y porque había leído la Atala poco antes, hallando en su lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al vizconde como una especie de triste Chactas, de tal modo que no podía pensar en él sin traer a la memoria la célebre canción.