Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a la majestad de su persona.
Entendí que la presencia de la diplomática española le había causado sorpresa. Sin duda creía ver en mí una maja de esas que, conforme él dice en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna o un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde.
Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle la lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su universal fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el orbe. Él me contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien perfiladas, que la modestia misma no las hubiera conocido por suyas. Preguntome si había leído el Genio del Cristianismo, y le contesté al punto que sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad era que hasta entonces no había ni siquiera hojeado tal libro; mas recordando algunos pasajes de los Mártires, le hablé de esta obra y de la gran impresión que en mí produjera. Pareció maravillado de que una dama española supiera leer, y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por mi belleza y mis gracias materiales, yo no debía ser de palo para el vizconde. Después supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se creía bastante joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa con el furor de un colegial.
XI
Entrando de lleno en nuestro asunto, el triste Chactas me dijo:
—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa. En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo rechazan.
Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso, conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida.
—Reconozco las altas dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand con finísima sonrisa—. Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha sido poco prudente. Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos de conservar el absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa civilizada.
Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era fácil juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida.
—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey de España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió a nuestro soberano.