Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él había presenciado, y me informó de todo.
—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros. Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.
—No tanto, señor don Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan tirado de ella.
—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora los francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir a aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del Rastro daban mueras al rey y a la reina. Un diputado muy conocido apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual proponía ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me ha dicho que los ministros entraban en la cámara cantando el himno de Riego.
—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de mis amigos—. Poco mal y bien quejado.
—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?
—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué ignominia!... —exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso considerar que un gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es atacado.
—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los aires de esa Francia loca son tan nocivos...
—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado, mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte, ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.
—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que Madrid no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita sorprender a la villa y a los Siete Niños y al Congreso entero, al Ayuntamiento soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. Esta es la pura verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, y disponiendo (esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!