—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de miliciano.
—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán su alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.
—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les agrada.
—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios, más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro vagabundo de las calles se le trata peor.
—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué, complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas a pie el primer día de viaje.
—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no quería partir?
—Que hubiera dicho: «no parto».
—¿Y si le amenazaban?
—Haberles ametrallado.
—¿Y si no tenía metralla?