—Haberse dejado llevar por la fuerza.

—¿Y si le mataban?

—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.

—Amiguita, usted se nos ha francmasoneado —me dijo el astuto intrigante, dando cariñosa palmada en mi mano—. A pesar de esto, siempre la queremos mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy siempre a las órdenes de usted.

Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y después añadió:

—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se va a formar en la frontera.

—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—. No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado puesto.

—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto mi cuarto de conversión.

—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía, presidente de la Junta.

—¡Ah! entonces...