—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna cosilla de poca monta...

—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de todos los pormenores de la causa.

—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene por nombre José Manuel Regato.

—¡Ah! ¡Regato!... Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?

—Por sentarle la derecha daría la izquierda.

—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las dos, siempre que sea preciso.

—Y Pipaón, ¿dónde está?

—Aquí.

—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.

—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.