—Señora, manos blancas no ofenden.

¡Manos blancas no ofenden! Años después, Calomarde debía pronunciar esta frase al recibir un desaire más violento que el mío: la célebre bofetada de la infanta Carlota, una princesa que, como yo, tenía muy limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba con tempestuosas cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los Calomardes se interponían en su camino.

Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que había visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al oír esto, el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta que torna a la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano impulso.

—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros.

Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no contenía la carta expresiones de ardiente cariño.

—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan.

—No, señora. A estas horas va camino de Madrid.

—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo?

—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero dos días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, que Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un mensaje reservadísimo a San Miguel y a otras personas.

—¿De modo que está...?