—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares.

—¿Pero eso es cierto?

—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa.

—¿Y salió...?

—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar; pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que es el más derecho, aunque no el menos peligroso.

—¿Sabe la muerte de su madre?

—Yo le di la mala noticia.

—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada!

—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es de la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la Viuda haga un esfuerzo supremo.

En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de que antes hablé. Unas cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi pulso latía con violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán de movimiento, que ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de mi carácter, se apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, dejome Pipaón, que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la Junta; y pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi espíritu y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había.