Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como pedante, liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo sepultureros de la libertad, porque son los que la han enterrado, me informó de que el señor Monsalud faltaba de Madrid desde el mes de agosto del año anterior.
—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es fácil, porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también esto sucede a menudo...
—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.
—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor don Salvador no vuelve del otro mundo.
—Pues qué, ¿ha muerto?
—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene esperanzas, y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus rayos de oro... ¿me entiende usted?
—Sí, acabe de una vez el señor Sarmiento.
—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los días, la señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza humana, señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué sería del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi hijo es miliciano...
—¿Y qué?
—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad preciosísima del género humano...