—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías de aquel hombre.

—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...! Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la puerta; ¿me entiende la señora?

—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.

Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable; pero la rechazó con dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las grandezas caídas.

Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.

XVI

En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna parte.

Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo, no pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona, un encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra. Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada con mi visita.

Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la fraternidad honesta de que él me había hablado, porque conozco un poco el corazón del hombre, y admito solo los sentimientos cardinales y fundamentales, y no esas mixturas y composiciones sutiles que no sirven más que para disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer por mí misma a la dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía fundamento el secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que la vi, a pesar de que me fue muy patente su inferioridad personal con respecto a la nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una rival temible, más peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al instante traté de buscar en ella un defecto grande, de esos que afean espantosamente a la mujer. Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel defecto, y dije en mi interior:

«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino que lo es.»