Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación. Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones, entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de disponer para agradarle cuando entrara.

Al sentarme reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y le dije:

—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta casa, y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla.

—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De modo que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a cogerle los facciosos?

—No, señora. Está libre y bueno.

—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su alma, que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no tiene perdón de Dios.

—¿Usted le ha escrito?

—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la esperanza de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo contestación. Es una iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde de mí, por muy grande que sea su olvido, ¿será tal que no me haya escrito una sola vez?

—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las pobres mujeres que lloran.

—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No es capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad.