—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta?

—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan perdido.

—Podría ser.

—A veces me figuro que no me escribe porque viene. Todos los días creo que va a llegar, y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver si es él. Todo lo tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de su sitio.

—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha dicho.

—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi estuvo a punto de llorar.

—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido secretos.

Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita.

—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus bellas cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué manera ha venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío, conservándole tan bien para cuando él vuelva.

—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la pérdida de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano cuanto tenía y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que pareciera Salvador.