—¿Entonces ella no le creía muerto?

—Dudaba. Siempre tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—. Yo le hablaba a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad, siempre tuve esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz secreta de mi corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer, doña Fermina escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas derramó la pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz madre viera a su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así.

—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle.

—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la entregase a Salvador en su propia mano, si parecía.

—¿Y si no parecía?

—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios posibles, y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a buscarle aunque tuviera que ir muy lejos.

—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir.

—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino, ni tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña Fermina me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a su hijo.

—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa señora?

—Que esperase, y le volviera a buscar después.