—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha retirado a Valencia.
—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador está en Valencia?
—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque yo misma...
Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé así la frase:
—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril.
—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran agitación.
—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino para Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera idea.
—¿Pues qué, vendrá?
—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana capitula la corte y se establece el absolutismo. Yo creo que se verá obligado a emigrar, embarcándose en cualquier puerto de la costa.
—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede ser. Corro allá al momento.