Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia.

—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá usted valor?... —manifesté con fingida admiración.

—Yo tengo valor para todo, señora.

Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y vacilante. Dudaba.

—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde.

—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de él se separó usted el 20 de abril?

Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé en la carta que me había traído Pipaón.

—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso, hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya.

Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más criminales hacen ciertas cosas sin algo de procesión por dentro. Confesaré ahora la fealdad toda de mi acción, para que se comprenda bien la importancia de aquella escena y mi perverso papel.

—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en tono suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se halla...