—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi casa, que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese consuelo, y una seguridad que no pueden darle mis palabras.
—¡Oh!, no, señora; yo creo...
—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el ejército se mueve casi todos los días.
Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente. ¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo haría para no ver lo que traza mi propia pluma.
XVII
Corrí a mi casa, tomé la carta de Salvador, y con ese golpe de vista del genio criminal, comprendí que lo previsto por mí momentos antes podía realizarse fácilmente. La data Urgel estaba escrita en letra ancha y mala. La palabra podía ser variada por una mano hábil, y la mía, fuerza es decirlo, lo era, aunque nunca hasta entonces se había empleado en tan infames proezas.
Yo tenía muy presente a un primo mío que había comerciado años antes en un pueblo de Alicante llamado Vergel, en las inmediaciones de Denia, a orillas del río Bolana. Esta palabra era el puñal del asesinato proyectado por mí. La tomé con la fiebre del rencor. ¡Qué admirablemente servía para mi objeto! ¡Qué bien dispuestas estaban sus letras para una obra satánica! No podía pedirse más, no. Tenía delante de mí una de esas infernales coincidencias que deciden a los criminales vacilantes, y a veces hasta impulsan a los justos a escandalosos y horribles pecados.
Tomé la pluma, y con mano segura, regocijándome interiormente en la perfección de mi obra, convertí la palabra Urgel en Vergel. La fecha era fácil de mudar también. Salvador había puesto marzo en abreviatura. Yo convertí el marzo en mayo, dejando el día, que era el 3, lo mismo que estaba... ¡Oh, cuando no se me cayó la mano entonces, creo que tendré manos para toda mi vida!
Del texto de la carta podía mostrarse la primer plana, donde decía, entre otras cosas insignificantes: «No pienso en muchos días salir de este pueblo.»
Corrí allá con mi puñal. Las trágicas figuras antiguas a quienes pintan alborotadas y arrogantes con un hierro en la mano, no fruncirían el ceño más fieramente que yo al blandir mi carta homicida. Subí a la casa. Sola me esperaba en la puerta. Entramos: me senté al punto... Estaba muy cansada.