—Vea usted —le dije—: el pueblo donde ahora está es Vergel. He pasado por él.

Solita devoraba con los ojos la carta.

—Vergel —añadí mostrándole la carta— está entre Pego y Denia, sobre un riachuelo que llaman Bolana. Si va usted a Onteniente, le será muy fácil llegar a Vergel.

Ella seguía leyendo.

—Asegura que por ahora no piensa moverse de ese pueblo —dijo meditabunda—. Mejor: con eso tendré la certeza de encontrarle.

—¿Pero de veras insiste usted en ir?... El resto de la carta no se lo enseño a usted porque no puede interesarle —indiqué afectando la mayor naturalidad y guardando mi arma—. No puedo creer que haga usted la locura de...

—Iré, iré —afirmó con resolución briosa, que inundó mi alma de los frenéticos goces del éxito criminal.

Después de manifestar así su propósito, frunció el ceño y me dijo:

—Cuando usted se separó de Salvador, ¿sabía él que venía usted a Madrid?

—Lo sabía.