—¿Y cómo no le rogó que me viese y me tranquilizara?

—Porque sabe —repuse con dignidad— que yo no sirvo para hacer las veces de correo. Si he venido a esta casa, ha sido por..., se lo diré a usted con entera franqueza, no quiero fingir móviles que no tuve al venir aquí, aunque después que nos hemos tratado hayan sido distintas mis ideas.

Solita atendía a mis palabras como el Evangelio. Yo le tomé una mano, y poniéndome a punto de llorar, me expresé así:

—Señora doña Solita, dije a usted al entrar que venía con el simple objeto de tranquilizarla dándola informes de Salvador.

—Así fue, señora, lo que usted me dijo.

—Pues bien, falté a la verdad: quise encubrir mi verdadero objeto con una fórmula común. Pero yo no puedo fingir; no puedo ocultar la verdad. Mi carácter peca de excesivamente franco, natural y expansivo. Mis pasiones y mis defectos, la verdad toda de mi alma, buena o mala, se me sale por los ojos y por la palabra cuando más quiero disimular. Usted me ha inspirado simpatías; usted me ha revelado una pureza de sentimientos que merece el mayor respeto. Quiero ser como usted, y hablarle con la noble veracidad que se debe a los verdaderos amigos. ¿No es usted hermana para él? Pues quiero que lo sea también para mí.

Solita, al oír esto, se apartó lentamente de mi lado. Noté en ella cierta aversión contenida por el respeto.

—Querida amiga —proseguí forzando mi arte—. No he venido aquí sino por un egoísmo que usted no comprenderá tal vez. He venido por ver su casa, por conocer lo único que guarda Madrid de esa amada persona, este asilo donde él ha vivido, donde murió su madre, y por el cual parecen vagar aún sus miradas. Quería yo dar a mis ojos el gusto de ver estos objetos, estos muebles donde tantas veces se han fijado los ojos suyos... Nada más, ningún otro objeto me trajo aquí. He tenido además el placer de conocerla a usted, y ahora, deseándole que halle pronto a su hermano, me retiro.

Levanteme resueltamente. Solita había prorrumpido en amargo llanto.

—¡Oh! ¡Gracias, gracias, señora! —exclamó secando sus lágrimas—. Le diré que debo a usted este inmenso favor.