—No, no, por Dios. Ruego a usted que no me nombre para nada. Vería en mí una debilidad que no quiero confesarle, mediando, como median en uno y otro, los propósitos de separación eterna.
—Pues callaré, señora, callaré. ¿De modo que usted no le verá más?
Al decir esto había tanto afán en su mirada, que me causó indignación. La habría abofeteado, si mi papel no exigiera gran prudencia y circunspección.
—No, señora, no le veré más —le dije, fijando más sobre mi semblante la máscara que se caía—. Después de lo que ha pasado... Pero no puedo revelar ciertas cosas. Si usted le conoce bien, conocerá su inconstancia. Yo le he amado con fidelidad y nobleza. Él... no quiero rebajarle delante de una persona que le estima. Adiós, señora, adiós. ¿Se va usted al fin hoy?
Esto lo dije en pie, estrechando aquella mano que habría deseado ver cortada.
—Sí, señora, iré a buscarle, puesto que él no quiere venir.
—¿Pero se atreve usted, sola, sin compañía, por esos caminos...? —indiqué, deseando que confirmara su resolución.
—Dios irá conmigo —repuso la hipocritona con el acento de los que tienen verdadera fe—. El ordinario de Valencia que sale esta noche, era amigo de doña Fermina. Con él iré. Tengo confianza en Dios, y estoy segura de que no me pasará nada... Ahora, tomada esta determinación, estoy tranquila.
—La felicidad le retoza a usted en el rostro —afirmé con cruel sarcasmo—. Bien se conoce que es usted feliz. Yo me congratulo de haberle proporcionado un cambio tan dichoso en su espíritu.
Cuando pronuncié estas palabras, debió secárseme la lengua, lo confieso.