—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni siquiera: «estoy vivo».

—Es verdad; pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra. Me sedujo la idea gloriosa que representaba nuestro ejército al perseguir a los realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos y dentro de mí: el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal de magníficas victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes que yo me equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza me empeñe en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de estarme quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído y hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un cuarto oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe todo. En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un gran vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece que la realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y levanta el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!

Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era nada. Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:

—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.

—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento: no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con la defección de La Bisbal. Mina tiene la desgracia de creer que todos son valientes y leales como él.

—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que fuera tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus arrepentimientos.

—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará en Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo mismo.

—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?

Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban desafectos. Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi cháchara y las delicadas atenciones que con él tuve, no lograron disipar las nubes que ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba lentamente, cayendo en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de los sentimientos de aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su amoroso dominio, esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al amo y al esclavo.

Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque sin poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos completos, porque descubrí en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché que al corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza y por deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la noche, quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre huérfana que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o lo que fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible es una gran falta sin éxito!