La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. Pero yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad en la desolación de la hermana viajera.

«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, para no encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me alegro!!»

XX

Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general a las pasiones políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se inclinaba al absolutismo. Campos entró gritando:

—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!

Al punto comprendí lo que quería expresar.

—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo suponíamos.

—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...

—¿Y qué ha hecho La Bisbal?

—Dar un manifiesto...