No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:
—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.
—Ni yo tampoco —me respondió riendo.
Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, seguro de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era además hombre de tanto valor como audacia.
La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. Moviose la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que mandaba en Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana con los franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la canalla. En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque se hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, el infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo que no pudo conseguir combatiendo por la república.
Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a la persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda la mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había hecho promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. Por la noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su casa. Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de escuela, armado de fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si acabara de escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no quise esperar allí.
Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores de que pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas escenas. Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos por las calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no podía vivir. Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué a Salvador en diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes de volver a casa vi movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y me dijeron que Bessieres había aparecido con sus cuadrillas, que yo llamaba de asesinos de la fe, por detrás del Retiro, amenazando entrar en Madrid. La plebe de los barrios bajos se le había reunido, y como hambrientos perros aullaban mirando a la corte con ansias de devorarla. Todo Madrid estaba aterrado, y yo más que nadie, no por el temor del saqueo, sino por la sospecha de que la persona más cara a mi corazón hubiera sido víctima del furor de la plebe.
Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de lo que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos ver llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, ebria de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día triunfaran los malvados. El general Zayas destrozó a los asesinos de la fe, acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre ellos graznaban. La plebe, aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente mala huyó a los campos, aguardando a poder entrar con los franceses. Desde que supimos el gran peligro a que habíamos estado expuestos los habitantes de Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien mil hijos de San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular, contuvieran a la canalla azuzada por los realistas furibundos.
Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del día 21, el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se presentó delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y lleno de contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta de sudor la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.
Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los puños exclamó: