—¿Has visto a la canalla?

Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré tranquilizarle.

—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi compañía y en esta dulce soledad en que estamos.

—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.

Y después repetía:

—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!

Más tarde me contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir de un sitio en que estaban reunidas varias personas contrarias al despotismo, fue acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida, gracias a su energía y al coraje con que se defendió.

Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había triunfado de la ebullición de la sangre irritada.

—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a la calle; pero yo necesito disponer mi viaje.

—¿Vuelves al norte?