—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta las últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo de haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad terrible: «No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su deber.»
—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con la idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía estar tranquila.
—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo por mi compañía—, mayormente para una señora.
—Para mí todo es fácil.
—No se encontrarán carruajes.
—Como ruede el dinero, rodarán los coches.
—La policía vigilará la salida de los liberales.
—No importa.
Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. Ningún propietario de coches quería arriesgar su material ni sus caballerías, porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me acobardó, sin embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba proporcionar a mi amigo fácil escapatoria.
La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; mas, por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde de Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la corte.